Como cada mañana, me vestí al ritmo de alguna canción de Rock. Me coloqué mi pulseras de cuero, mojadas tras la ducha, y me toqué la barba de dos días pensando "Otro martes más, otro martes menos.".
Con una mano en el bolsillo y mis Converse desgastadas salí a la calle, ¿cómo no? a comprarme unas gominolas, una de las pocas cosas dulces en mi vida, ladrillos con azúcar, como siempre, mis preferidas.
Salí de la tienda, con la bolsa en la mano y masticando una de esas pequeñas delicias. A lo lejos, algo me llamó la atención, una chica con cara triste, triste, sí, pero la más guapa. Siempre me acordaré de su vaquero corto, sus botas camperas y su melena. Era la chica más guapa que nunca había imaginado, pero en ese momento lo único que pensé fue: "No puedo volver a casa pensando que hoy no sonreirá.". Entonces, debido a mi torpeza, en todo, especialmente en eso, caminé y fingí que chocaba con ella. Le pedí perdón, le sonreí y le ofrecí una gominola, amarga a su lado.
Me dijo que no, bajando la cabeza, y siguió andando. Yo me quedé paralizado, inmóvil, decepcionado. Miré atrás y no la vi, había desaparecido entre la gente.
Todos los días, al pasar por allí, me acuerdo de ella. No la he vuelto a ver. Supongo que estas cosas pasan, enamorarse de una tía que has visto durante un minuto, puede ser. Ahora sólo me pregunto si ella pensará en mí...
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